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La otra noche vi pasar un camión. Por detrás, saliendo misteriosamente, surgía la trompa de un elefante. Era el gran camión de un circo e iba con rumbo desconocido. Me invadió la nostalgia. No pude enrolarme con ellos, pues llevo aquí, haciendo equilibrios con este trapecio, desde hace más de un siglo. Lalá, Lalá, me llamaban en el circo. Degas se empeñó en pintarme desde esta extraña posición, de tal manera que a todo el que me mira le parece que, de un momento a otro, me puedo caer sobre su cabeza.
El Ser imperfecto, que es el más perfecto de todos, porque con sus cuatro piernas y cuatro brazos casi logra cuadrar el círculo, aunque tengo la sensación de que ese fondo azul le entristece, es el primero que me ve. Tras él aparece el Ser sorpresa, que tiene un corazón más grande que su cabeza. Es un corazón tan grande que me puedo fiar de él, y sin embargo, los niños y los mayores que vienen al circo no lo entienden. Se asustan al verlo, y siguen levantando la cabeza para mirarme a mí en el trapecio.
El Ser animal es el favorito de los niños. Es tan suave como una foca y un perrito casero. Su color es tan luminoso que siempre desprende tibieza mientras se acurruca a tu lado. Es muy mal equilibrista, pero sirve para mantener sobre su hocico las quimeras que a veces vuelan por este circo. Dije antes que el Ser sorpresa asusta. No tanto como el Ser marino. Tiene algo de oscuro y de perverso, y por eso la sirena se marchó a un cuadro y allí se quedó, feliz de haberse escapado de tan extraño tutor. Sus cuencas, sus ojos, me recuerdan a los seres de la risa. Pero esos ya pertenecen a otro cuento. Sólo cuando el foco lo ilumina vemos al Ser mimético. Nunca he sabido bien si es un simple ciempiés o ese pobre infeliz que Kafka convirtió en escarabajo. Se arrastra por las paredes, y todos los seres del circo cuidan de él con cierta piedad. Mis favoritos son los seres más alegres de la troupe. El Ser marciano, que camina sobre cuatro patas como si fuera una araña y mira el mundo del revés, porque afirma que no es de otro planeta, sino que viene de las antípodas. El Ser ancestral, que yo aseguraría que es hermano del fantasma que se pasea por el salón noble y que se asusta cada vez que se mira en un espejo, porque cada vez, a pesar de ese parentesco, su imagen se refleja con más nitidez en las superficies pulidas. Y el Ser estrambótico, que se pasa la vida haciendo gracias a pesar de estar extrañamente colgado de no se sabe dónde.
Ahora han apagado los focos. Aprovecharé para seguir durmiendo en este cuadro. |
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