Esto de ser fantasma es un problema. Si no, a cuento de qué voy a vivir en este salón, por cuyas ranuras entra el aire húmedo del mar.
Cuando bajo la escalera, lo primero con que me topo es con una cruel burla a mi condición. El Retrato de Dorian Grey. ¡Qué ocurrencia!. Hecho con fragmentos de espejos, una réplica extraña y casi absurda de aquel retrato que recogía los años inclementes del snob Dorian, esta acumulación de vidrios a mí no me sirve. Sabido es que los seres como yo no podemos reflejarnos en el espejo, y esta es una de las crueldades con que nos castiga la leyenda. Este retrato reflejará cada una de las caras que lo observen con atención, con mucha atención, siempre que pertenezcan a seres de carne y hueso, pero no a mí.
Con lo que disfruta mi condición de fantasma es con los otros retratos, los verdaderos. No en vano nos dedicamos, casi siempre, a pasear y revisar los rostros de nuestros antepasados. Aunque aquí no identifico en ellos a mis ancestros ni a mis sucesores. Bueno, a mis sucesores quizá sí, aunque son confusos, pues vienen de lugares lejanos, de la Ciudad De Crépita y del Café de los Rechazados. No sé por qué, pero se me antoja que son un tanto singulares.
Ese Emperador coronado de laurel, con la túnica roja parece preocupado con su poder. Hago memoria pero no tengo claro que perteneciera a mi familia.
El retrato de Piedad Lavirgen con su amante me resulta, cuando menos, enigmático. Quizá se trata de una amante platónico, pero creo que en ese retrato hay gato encerrado.
La visión que más me atrae, y no porque cuando fui mortal fuera especialmente dado a los placeres de la carne, es el de Inmaculada Laputa. Me subyuga su mirada de muda, su sombría belleza, tan poco común a la de las cortesanas de mi época .
Me detengo con especial atención a descifrar un retrato que no alcanzo a entender. El Creador de artificio o Anatema divino. Es una mirada tan misteriosa la suya, tiene un poder tan fuera del alcance terrenal, que me temo que los filósofos de mi época, cuando sus seguidores decidieron cortarme la cabeza con el invento aquel de Guillotin, armaron un gran revuelo. Si no, cómo es posible que en estos siglos transcurridos desde mi vida realicen retratos tan herméticos para colgar en un salón.
Cuando me empiezo a poner nervioso - pues los fantasmas también nos alteramos, sobre todo mentalmente - miro un nuevo retrato que antes desconocía. Aunque su lema, Cordura Extraviada, resulta enormemente paradójico, la belleza de esta mujer me serena.
Es, la belleza que posee, una de las pocas cualidades que me hacen reconciliarme con esta vida sin extensión corpórea. Algo bueno tenía que pasar a los fantasmas