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El pasadizo parece no tener fin. Abandonado en el suelo hay un ovillo, el que quizá sirve para encontrar la salida. O debiera servir.
Las salidas son múltiples, y eso me desconcierta. Ahora, mis brazos sirven para la escapada, y me inclino para recoger la madeja del suelo.
En una pantalla, las imágenes se suceden. Son siluetas que se dibujan en el éter. Hay demonios que escupen fuego, vampiras y brujas que temen el amanecer.
Hay un personaje, un hombre moderno con mirada cruel, que aparece junto a Jesucristo que lo mira sorprendido. Mientras tanto, hay un santo que se resiste fieramente a las tentaciones.
Intento seguir el hilo, estirar la madeja que me lleve a tomar un poco de aire.
Paso ante una pequeña bóveda. Veo una figura misteriosa que se inclina en el último acto, escondida tras un telón. ¿Pertenece quizá a la pesadilla que describe La voz, a ese escenario fantasmal encontrado en un palacio de Venecia?.
Un equilibrista parece reír, porque sabe adónde vamos a parar. Su cara mira con varios ojos, como un Jano visto en pleno movimiento.
Me falta el aire, pues el ambiente se ha enrarecido. Al final encuentro la salida.
Al final, el ovillo ha cumplido su función. Salgo al fin a otro territorio, ignoro si tan irreal como los otros que he entrevisto en este recorrido de sueños inquietos. Es un campo llano, solitario. Frente a mí, en el aire frío de la mañana, un acueducto en ruinas se dibuja.
Espero. Unas figuras aparecen. Son dos personajes escapados del vídeo. No hablan entre sí, pero tengo la certeza de que guardan un secreto.
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