Una gran estructura metálica guarda en su interior imágenes de cruces.
La cruz como gesto, como signo, como comienzo de algo.
La música flota en el interior de la cruz. La melodía es mecánica, interrumpida por una flauta a veces, por otros instrumentos otras.
La imagen que se se repite en el vídeo es la cruz. Pero la cruz se transforma. Quizá por ello haya sido un signo utilizado durante este siglo por pintores como Tàpies y como Millares, que la instalan y la urgen a adoptar un aire profano, en todo caso más cercano al zen que a la cultura occidental cristiana, cuya carga simbólica está unida al sufrimiento.
En este montaje, el grupo 3TT ha logrado virar sin miedo la multiplicidad del signo.
Así, gracias a la manipulación informática, la imagen de la cruz adquiere visos opuestos y extremos.
Desde la cruz gamada a la hoz y el martillo, casi toda la simbología occidental, no exactamente cotidiana pero sí propia, pasa por esta manipulación de dos líneas en el espacio.
La cruz gamada se extiende en el espacio. El rojo que la marca es el poder, y su extensión hacia todos los planos, un indicativo de lo pesante que pudo ser este símbolo sobre la humanidad. Pero no olvidemos que antes de ser adoptada por los nazis, la cruz gamada fue un símbolo solar, y tanto en las ruinas vikingas como en los restos decorativos de los celtas el hecho de aunar dos líneas, de cruzar en el espacio dos cuerdas - los torque bárbaros - o de emplear estas cuerdas como marco circular o cuadrado para englobar una cruz griega o cruz aspada, simbolizó mucho.
En el otro extremo, la cruz se convierte en la hoz y el martillo, que vuelan en el espacio. ¿Qué decir de estas simbologías que nuestro tiempo ha adoptado, digerido y excretado, como signo de los tiempos?.
La cruz marca los puntos cardinales y con ello se transforma en la rosa de los vientos apta para navegantes, más propia de una carta marítima que de una muesca en mapas terrestres.
La cruz da paso a un signo del riquísimo alfabeto chino, y también se sucede en multitud de cruces girando sobre sí mismas que adquieren la riqueza volumétrica de una Loïe Fuller danzando sin fin.
Este sueño con cruces se desarrolla a su vez en el interior de una gran cruz metálica. Expuesta por primera vez en Casas de colores, en Telde, hace años, su monumentalidad hace difícil su correcto emplazamiento.
Ahora, en el Castillo de la luz, encuentra un lugar casi hecho a su medida.